blog1Son ya semanas que siento una angustia matizada por una profunda tristeza de ver como los humanos estamos acabando con todo. Si bien los desastres no han dejado de suceder desde hace milenios, como que últimamente y debido a que el azote ya nos topó de manera masiva, ese sentimiento de asombro sobre lo que podemos hacer los humanos se ha acentuado. Las cosas se experimentan con más intensidad cuando nos topan la fibra más fina de la subsistencia. Lo que más me entristece es notar que estamos más perdidos que “pulga en perro de plástico”. No parecemos tener una solución. Simplemente, el ego y sus aspectos más evidentes nos gobiernan. Lastimosamente, el costo para encontrar el “equilibrio” es más alto de lo que la mayoría está dispuesta a pagar. Ese costo es simple: conocerse a uno mismo y potenciar las cualidades naturales que hemos venido a buscar como la felicidad, la paz, la libertad, el amor. Estas “cualidades” que buscamos, para que sean auténticas, no pueden venir a través de las pugnas de poder, los conflictos, la codicia, la mentira, la deshonestidad, el engaño ni la corrupción. Estos últimos aspectos de nuestra humanidad solo bloquean y opacan la posibilidad de alcanzar la felicidad y son los que nos gobiernan, les hemos entregado todo el poder.

blog2Para que un cambio verdadero se manifieste, tenemos que cambiar nosotros y, por eso, ese cambio no va a llegar fácilmente. Estamos ciegos, embrutecidos por la costumbre que nos hace cultivar esta rueda hipnótica de la ilusión. Entiendo que cada persona nace con una capacidad específica para desarrollarse y, por ende, no todos estarán interesados en mirarse internamente para encontrar el eje del cambio. Es realmente frustrante observar que son pocos los que tienen la visión para mirar la esencia de las cosas. Pienso, este rato, en Krishnamurti y todo lo que hizo para ayudarnos a entender dónde está el problema y que podamos encontrar la solución. Por más que se rajó explicando, claramente, este proceso de auto-transformación y desarrollo, muy pocos habrán logrado entender la profundidad de su mensaje y la urgencia de transmitirlo. Muchas veces que lo leo me siento incapacitada para realizar sus propuestas radicales, muy probablemente porque me falta lo que se necesita para hacerlo. Y, entonces, me siento sofocada, casi a punto de ahogarme en esta sensación de desolación planetaria.

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Jean-Jacques-Rousseau

¿Es posible un cambio? y ¿qué es lo que se puede cambiar? La humanidad entera está enferma y se evidencia lo suficiente en el tipo de mundo que hemos creado. Estamos tan inmersos en la podredumbre social que no nos damos cuenta de lo que hemos creado. Nacimos en una sociedad enferma y es lo único que conocemos. Pero, ¿acaso eso significa que no podemos sanar? El peso de una sociedad es enorme porque está conformada por todos nosotros. Si uno cambia y otros no, ¿qué impacto puede tener sobre esa sociedad? Jean Jacques Rousseau (filósofo franco-suizo) dijo que “el hombre está pervertido y maleado por la sociedad”. Dijo también que “la virtud ha perdido todo tipo de valoración por el sujeto moderno” y este es un pensamiento pronunciado en el siglo XVIII. Es tan real ahora como lo fue antes.  Entonces, ¿cuál es el sentido de la existencia humana? Si no puede sostenerse en la virtud, si no puede vivir en la verdad de su naturaleza original, ¿para qué existe? Ya no es sólo una pregunta personal sino una pregunta social. 

Este momento me siento como cuando leía “El Hombre Mediocre” de José Ingenieros, en la época del colegio, cuyas reflexiones me llevaban al techo de la casa de mis padres para mirar la vastedad del cielo sintiendo alivio y algo muy grande y, para luego, mirar hacia la ciudad para observar su movimiento y la bulla mientras sentía la saturación existencial en mi mente sobrecogida por el cuestionamiento de por qué estoy aquí. En su libro, José Ingenieros dice:

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José Ingenieros

“El hombre mediocre es incapaz de usar su imaginación para concebir ideales que le propongan un futuro por el cual luchar. De ahí que se vuelva sumiso a toda rutina, a los prejuicios, a las domesticidades y así se vuelva parte de un rebaño o colectividad, cuyas acciones o motivos no cuestiona, sino que sigue ciegamente. El mediocre es dócil, maleable, ignorante, un ser vegetativo, carente de personalidad, contrario a la perfección, solidario y cómplice de los intereses creados que lo hacen borrego del rebaño social. Vive según las conveniencias y no logra aprender a amar. En su vida acomodaticia se vuelve vil y escéptico, cobarde. Los mediocres no son genios, ni héroes ni santos. A su vez, el hombre mediocre entra en una lucha contra el idealismo por envidia, intenta opacar desesperadamente toda acción noble, porque sabe que su existencia depende de que el idealista nunca sea reconocido y de que no se ponga por encima de sí.”

Si estamos tan nublados por el hábito y el aprendizaje, ¿cómo podemos reconocer nuestra mediocridad? Todos los sistemas de nuestra sociedad nos han convertido en borregos y no es sino hasta que nos pinchan en el lugar preciso que empezamos a despertar. Ese lugar preciso es en el que albergamos la libertad, la subsistencia, la dignidad. Es un lugar en el que permanecen, en estado de coma, los valores esenciales hasta que llega el estímulo necesario para despertar. Ya vivimos siglos el dilema moral y no encontramos, como sociedad, un consenso, un punto de equilibrio o algo que nos permita saber que estamos en un camino que fomente nuestra búsqueda de “la felicidad”. Todo lo contrario, cada vez estamos menos claros sobre cómo lograr lo que tanto anhelamos.

pareja_0Nos sentimos tan separados los unos de los otros que velamos por nuestros intereses y poco nos importa lo demás. Compartimos una historia hecha de eventos personales, sociales y mundiales que señalan nuestras tendencias psicológicas. Entonces, ¿qué es lo que refleja, del estado mental  de las masas, todo lo que vemos que sucede en el Planeta? En una sociedad enferma no debe sorprendernos que un psicópata nos gobierne. Si aprendemos a ver lo que sucede en la sociedad como un reflejo de nuestro estado psicológico entonces consideraríamos buscar ayuda pero no lo hacemos porque pensamos que una cosa es la sociedad y otra soy yo. Por favor, comprendamos que esta sociedad es la suma de todos nosotros, por ende, su cuerpo es nuestro cuerpo. Aprendemos muchas cosas en las escuelas y colegios que determinan la forma que ese cuerpo va a tomar. Somos adiestrados como cualquier animalito sino que nos sentimos tan superiores e inteligentes que no nos damos cuenta de que somos domados. Entonces, no hay una diferencia entre el aprendizaje que viene del adiestramiento y la persona. Son la misma cosa con matices de colores. Por ende, el cambio de la sociedad, sin duda alguna, inicia con el cambio personal y ahí está el mayor problema. Nosotros queremos endosar el cambio a instituciones, entidades de poder u otras personas, pero no asumimos la responsabilidad de nuestro cambio individual. Y, ¿por qué habría de cambiar yo? Si no estoy haciendo daño a nadie, no miento, no robo, no mato, no engaño, ¿por qué, entonces, soy yo la que tiene que cambiar y no los demás? Esta es, sin duda, una de las actitudes que nos tiene atrapados en la ilusión, en la falta de comprensión sobre las bases esenciales de cómo

Jiddu Krishnamurti

Jiddu Krishnamurti

establecemos nuestra existencia y convivencia. Necesitamos hacer cambios de raíz en todo, pero, ¿dónde inician esos cambios? Concuerdo, totalmente, con Krishnamurti, Buda y tantos otros visionarios sabios y sensibles, en que ese cambio inicia en nuestra forma de pensar. Al revisar y cambiar nuestros pensamientos, cambiará nuestra actitud y forma de comportarnos. ¿Qué es lo que tiene que cambiar en nuestra forma de pensar? Primero necesitamos conocer el pensamiento, entender cómo funciona, cómo impacta nuestras vidas. Sino que pocas son las personas que desean aventurarse en este camino porque hay mucho que destruir para volver a construir, hay mucho que dejar ir para que nuevas cosas puedan venir.  Se necesita desarrollar la visión interior y la mayor parte de gente tiene su visión concentrada en el mundo externo. Padecemos una patología de desconexión interior tan grave que realmente no sabemos quiénes somos de verdad. Vivimos enganchados en una personalidad que carece de poca autenticidad, no olvidemos que, en su mayor parte, somos consecuencia de un entrenamiento mental. Para descubrirnos necesitamos hacer una disección interna desde un punto neutral. Ese punto neutral también se desarrolla o se despierta. Unos entienden este punto, claramente, y lo llaman el observador interior, otros lo interpretan como la voz de la conciencia y otros lo asocian con Pepe Grillo. En tal caso, no se trata de una voz de bien que lucha contra el mal, es más bien una presencia totalmente apolar que nos refleja la dinámica polar para que podamos entenderla y nos permite despertar la capacidad de discernimiento. Y esto hay que comprender bien. Si estamos en un lado de la balanza interpretaremos las cosas desde una perspectiva desequilibrada. Para ver con claridad hay que trascender la polaridad y ese observador interior que no está atado a ninguno de los lados es el único que nos puede reflejar las cosas de una manera centrada. Para encontrar ese punto de atención, necesitamos entrenarnos así como lo hacemos en cualquier actividad.

Estando en ese estado de atención centrada, podemos descubrir, de manera directa, cuales son los valores de la existencia. Para poder valorar las potenciales virtudes necesitamos un fondo de contraste. Así, comprendemos lo que es el amor cuando hay ausencia de miedo, comprendemos la libertad cuando nos la quitan, comprendemos la felicidad cuando la comparamos con el sufrimiento. En la vida deambulamos de un lado al otro de estos ejes polares. Los pensamientos y las emociones nos impulsan a un lado o al otro. Damos rienda suelta a nuestros impulsos, lo que refleja la esclavitud que tenemos del condicionamiento. Necesitamos domarnos para conducir al pensamiento y el sentimiento por el sendero más valioso que es el sendero del despertar de la conciencia o como me refiero aquí: el despertar del alma.

Al observarnos, descubrimos lo que es natural para nosotros. Lo podemos saber a nivel mental pero no sabemos cómo manifestarlo. Tenemos claro que buscamos la felicidad, buscamos el amor, la libertad, pero no sabemos cómo lograrlo. La vida está hecha de momentos y la última felicidad es un estado de conciencia, no un momento pasajero. En la medida en que el ser humano promedio vaya el-poder-del-pueblodespertando al hecho de que sus pensamientos y sentimientos crean la realidad común, entonces, recién ahí, podremos comenzar un viaje de cambios en la sociedad. El poder para crear un mundo agradable y armonioso está en las masas, no en las entidades de poder. Hemos olvidado que nosotros tenemos el verdadero poder para cambiar porque delegamos el poder a unos pocos que, al tenerlo, se vuelven locos si no tienen madurez o una mente equilibrada que no se deja tentar por el lado oscuro de la balanza mental. Qué fácil cae en la tentación una mente débil. Trabajar con la mente para domarla es la clave y este es un viaje hacia el interior.

Ahora, me enfocaré en el cambio desde nuestra realidad. Vivimos en sociedad, la sociedad está enferma y totalmente desequilibrada. Somos demasiados como para que cada grupo familiar busque un lugar recóndito y aislado para vivir como lo hacen en la selva. Entonces, ¿qué hacemos?  Si no podemos encontrar consensos, si no hay transparencia, ¿cómo logramos el cambio? Evidentemente, los cambios no sucederán de la noche a la mañana. Pero, reconociendo que el cambio inicia en lo que pensamos y entendiendo que el pensamiento es adiestrado, entonces, vamos a la raíz de la educación. El tipo de educación que tenemos es de pupitre. Eso debe cambiar. Si queremos niños que piensen por sí solos, son ellos los que necesitan encontrar la definición de las cosas a través de la experimentación. No sirve de nada sentarse a memorizar las materias ni aprender el significado de las palabras en un diccionario. Ese tipo de adiestramiento hace robots, no seres pensantes y creativos. El cambio en la educación de las escuelas es apenas una parte. Habrá enfrentamientos y choques entre los padres de generaciones anteriores y las nuevas generaciones que serían más auténticas. Toda transición es motivo de disrupción. En casa hay que cambiar, en el colegio hay que cambiar. El cambio en casa implica una apertura de mente de papá y mamá, un rompimiento de su propia estructura solidificada. Esta es la base del cambio, el resto se irá sumando cuando estos nuevos seres propongan nuevas estructuras. Hay que comprender que la psicología de un adulto se finlandiaforma en su niñez. Con esto me refiero que su forma de razonar, su forma de reaccionar y de asimilar las cosas se aprenden de pequeños y, a través de la continua repetición, se forma un hábito que luego se vuelve inconsciente. Por eso hay que enfocarse en cómo ofrecer una educación original en que los niños puedan expandir sus horizontes naturales. Su inteligencia innata se potenciará en vez de reprimirse. Ya existe un sistema educativo que se enfoca en este tipo de desarrollo y que sigue mejorando. En Finlandia aprender es divertido. Podríamos adaptarlo a nuestro medio. Jacques Delors propone que los 4 pilares de la educación son: aprender a ser, aprender a conocer, aprender a hacer y aprender a vivir juntos. Son principios básicos que en las estructuras acostumbradas no se han aplicado con la suficiente atención. El más enfatizado el el principio de “conocer”. Eso no es suficiente. En tal caso, la idea fundamental es que los adultos necesitamos re-entrenar nuestra mente y los niños necesitan aprender una nueva forma de desarrollar su capacidad de ser ellos mismos. Este sistema educativo tiene que cambiar contra viento y marea, le guste al gobierno o no. Mejor sería tener el apoyo, pero, generalmente, los gobernantes de nuestros países prefieren borregos que gente pensante así que requerirá de algún aguerrido que se atreva a crear algo nuevo. Como las escuelas y colegios dependen de las normas gubernamentales, la opción que habría que considerar, para comenzar, es educación en casa que lo veo más factible. Para esto se necesitan juntar unos cuantos padres y madres inteligentes y conscientes que tengan la visión para comprender esta necesidad y fomentar el desarrollo de sus hijos más allá de lo establecido.  En esta educación se fomentarían los valores pero de una manera vivencial, no teórica. Hemos vivido de definiciones y teorías ya demasiadas generaciones, ahora hay que volver a la experiencia. Los niños y niñas necesitan aprender a mirarse internamente, a reconocerse, a entender cómo funcionan sus pensamientos y sentimientos para que los puedan domar. Esto no es sólo para una carrera universitaria, es para la vida. Necesitamos aprender a manejar conflictos, entender el sufrimiento desde niños. El molde psicológico de estos “nuevos niños y niñas” no debe tener la rigidez de una estructura limitada como la hemos tenido nosotros. La apertura de los adultos para romper sus estructuras limitadas y condicionadas son los semilleros de las nuevas generaciones. ¡Requiere coraje! ¿Tienes la disposición?

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