Hoy, me he puesto a recapitular algunos parajes de mi vida y he tratado de comparar la sensación que tengo hoy sobre este proceso de despertar y lo que era, vivía y sentía en los años 70s, cuando empecé un viaje más consciente hacia mi interior. ¿Habré madurado? Esta es una pregunta que muchos se hacen pero, la verdad, no sé si madurar va en proporción directa a despertar. Lo que siento, así muy francamente, es que el alma, el espíritu en mí, ha sido siempre el mismo. Lo siento ahora tan similar o hasta igual al que empezó a inquietarme en mi adolescencia. Lo que sí ha cambiado es mi forma de ver las cosas, quizás he madurado algo y eso es lo que me hace sentir más alineada o más cerca de mi esencia, de quién soy yo en verdad, algo que todavía puedo decir que no he logrado experimentar como sé que debo y puedo. La sensación de lo que se sentirá, cuando lo logre, la tengo en algún lado de mí que es la que me sigue impulsando, la que me trae experiencias necesarias para que llegue a ese reconocimiento que he buscado desde antes de nacer en esta vida. Resulta muy interesante que se tenga la sensación interior y que, aún así, no se pueda integrar en la totalidad de la vida diaria. Y sí, eso es factible porque de esa manera es como sabemos que hay un lugar-estado al cuál se puede llegar y es lo que estimula la vida, el camino y el viaje.

Recuerdo, hace un par de años atrás, cuando apareció “mi amada tórtola”, un día, estaba sentada trabajando y, de pronto, sonó una canción en Radio Serenidad y un algo me sacó de lo que estaba haciendo y me hizo concentrar en la letra de la canción. Para esto debo comentar que las letras de las canciones es en lo último que me suelo fijar, sean en inglés o español. Así que esto fue inusual. Mientras escuchaba la canción noté como que mi campo de energía se iba inflando y, de pronto, mi mente ya no estaba en esta dimensión. Me volé a otra dimensión en la que conocí de forma directa lo que era el amor incondicional. Esta vez me quedé con esta experiencia por una semana entera. Lo había tenido por segundos, quizás minutos, pero esta vez estuve inmersa en esa energía por una semana entera. Vaya, qué difícil se me hizo trabajar esa semana. Era como estar entre mundos y la sensación en la que permanecí estaba sobre mi cabeza, ni siquiera en mi cabeza, era como una nube de energía que, no solo, estaba sobre mi cabeza sino que me envolvía totalmente. Fue muy extraño. Pero desde ahí pude ver y experimentar el amor incondicional, pude ver a este otro ser, a “mi amada tórtola”, no en una vida, sino en un caminar de vidas y el sentimiento fue tan diferente al que nosotros llamamos amor o a la experiencia de estar enamorados que, realmente, me resulta muy difícil ponerlo en palabras. ¡Tengo las sensaciones! Cuando aterricé en Planeta Tierra, Tercera Dimensión, fue como que me hubiesen cortado el cordón umbilical. La verdad no podía sostenerme en esa dimensión y seguir viviendo en esta. Así que supongo que por eso regresé. No estoy lista para sostener el amor incondicional en cada célula de mi ser ni en cada segundo de mi existencia. Entonces, eso significa que todavía me falta prepararme para llegar a ese estado de conciencia al que deseo llegar, por el momento.

Entonces, estas pequeñas o grandes experiencias que pueden suceder en cuestión de segundos, minutos, horas y hasta días, son las que sirven de remezón para salir de la mundanidad en la que estamos acostumbrados a vivir. Son indicadores, nos dejan saber que existe algo más en nosotros, algo a dónde llegar en nuestro proceso interno. ¿Qué hacer con eso? Lo cómodo y fácil es dejarlo ahí, olvidarlo, y quitarle su fuerza a la experiencia. Debo decir que estas experiencias, al menos en mi caso, han sido tan, pero tan vívidas que las recuerdo mucho màs que cualquier cosa de mi diario vivir. Esto puedo contarles como que me hubiese pasado hace 5 minutos, pero seguro que no sabría qué contar si tengo que recordar que hice hoy hace un par de horas. Pues entonces, por algo son así de lúcidas y vívidas estas experiencias. Una parte de mí ya quisiera poderse sostener en esa energía que aparece, sorpresivamente. Otra parte de mí como que quiere todavía vivir las experiencias de mi humanidad, así que en ese vaivén me encuentro con el deseo de vivir en otra dimensión cada vez más fuerte. Eso implica que, cada vez, mi atención se aleje más del mundanal ruido. Cuando estoy en familia o con grupos de amigos y conversan, generalmente, mi mente está en otro lado. Cada vez comparto menos los gustos comunes de la mayor parte de gente que me rodea. No veo televisión y ni siquiera tengo una; a pesar de trabajar en radio, no escucho otras radios a menos que sea algo deportivo. No leo periódicos y si me entero de las locuras políticas es porque las escucho de otras personas. Pero, mi enfoque de vida está totalmente en otra nota. Aunque me digan que hay que vivir con los pies en la Tierra, refiriéndose a vivir la realidad en la que vive la mayoría, pues no comparto esa idea no porque, en este punto, no quiera, sino porque, simplemente, ya no encuentro nada mayormente interesante ahí. Sí, tengo que trabajar, tengo que hacer dinero para pagar sueldos, para poder comer y comprar algunas cosas de necesidad y otras de gusto, pero, lo que me mueve en el día a día es mi propio despertar. Me intriga, me llena de curiosidad, de gusto.

Ahora que puedo ver el camino que he recorrido y, sobre todo, esos momentos místicos que han aparecido en diferentes etapas de la vida, puedo reconocer lo necesarias e importantes que han sido para encausar la atención en una dirección. No sé si todas las personas tengan esos momentos místicos o si no les prestan atención. Lo que sí sé es el efecto que han tenido en mi vida y cuánto estimulan mi deseo de despertar de esta ilusión temporal en la que me he acostumbrado a vivir. No sé si es cuestión de invocar otras dimensiones o si existe un plan de resonancia que evoca esos momentos. También he notado que, si cuento estas experiencias inusuales a personas que no han experimentado algo similar, consideran que la que vive fuera de la realidad y desorbitada soy yo. Así que no puedo esperar que otros lo comprendan hasta que tengan su propia experiencia. Me siento agradecida de que, en diferentes etapas, estas vivencias hayan surgido. Más bien me encantaría que sean más a menudo pero no sé de qué depende. Sólo sé que mientras más camino y enfoco mi atención en abrir la mente, salir del condicionamiento y expandir la conciencia, más me doy cuenta de aquello que me ha sometido en la vida y que se ha vuelto inconsciente con el pasar de los años. Esa sensación de irse quitando el velo de los ojos, del corazón y de la mente es algo tan reconfortante que cualquier inversión de tiempo en el camino vale la pena. Les dejo con la canción que me sacó, mentalmente, de esta dimensión y estimuló la experiencia total del amor incondicional. Eso fue, realmente, una bendición.

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