Los seres humanos, al ser multidimensionales, somos muy complejos. Basta con pensar que tenemos el cuerpo como vehículo, conectado a las emociones, los pensamientos y, encima más, a ese lado espiritual que nos resulta, con frecuencia, misterioso. Esto hace de nosotros una mezcla poderosa por cualquier lugar que escojamos desarrollarnos. El rango de posibilidades que tiene el ser humano no lo tienen otras formas de vida. Unas ya viven en total altruismo y otras en su nivel reptiliano. Nosotros abarcamos desde el aspecto reptiliano hasta el altruista. Cada persona viene con un chip predeterminado (consecuencia de su karma) que luego se va cargando con experiencias e información que pueden hacer que la persona se desarrolle por cualquier opción de la vasta gama del espectro.

En este plano existencial necesitamos identificarnos con un yo separado de los demás para considerarnos un individuo. Este individuo se convierte en una persona (del latín personae que significa máscara) con una «personalidad» que refleja una mezcla de sus tendencias naturales y el condicionamiento recibido de su entorno. En otras palabras, la personalidad es la máscara con la que nos presentamos al mundo y la misma que usamos para evadirnos internamente. Aún así, una vez que esa identidad se va aclarando con el sentido del yo podemos decir que hemos hecho contacto con el «yo inferior» al que se puede denominar también como «ego». El tiempo que a cada persona le tome tener claridad de su identidad puede variar dependiendo de la aplicación que cada persona escoja manifestar de sus experiencias de vida. He podido conocer personas muy jóvenes y con mucha claridad en su identidad y personas de edad avanzada que todavía no logran anclar su identidad debido a inseguridad, traumas, miedos o falta de interés por comprender su propio ser. Cada cosa que hacemos o dejamos de hacer tiene una consecuencia. Gran porcentaje de personas pasan la mayor parte de su vida dentro del espectro del yo inferior y no llegan a encontrarse, de manera consciente, con su Yo Superior (alma). Esto se debe a que para que ese encuentro se dé, necesitamos hacer un viaje hacia nuestro interior. Carl Gustav Jung bien dijo: quien mira hacia afuera sueña, quien mira hacia adentro despierta. Esto se refiere a que conforme vamos despertando a las dimensiones interiores de nuestra conciencia nos vamos dando cuenta de que el mundo del «yo inferior» es un mundo de impermanencia basado en una realidad ilusoria o de tan baja vibración que pierde valor cuando se despierta a dimensiones más profundas y abarcadoras de conciencia. Este mundo  del yo inferior, que es el que se relaciona más ampliamente con la realidad de la tercera dimensión, nos insta a creer que la realidad y la ilusión son lo mismo y, por eso, dejamos de indagar en nosotros y evitamos darnos cuenta de que hay una profundidad en la que la realidad y la verdad también llegan a ser lo mismo. Entonces, vivimos desde el yo inferior (ego) en una realidad que para nosotros es una verdad pero, realmente, es una ilusión. Cuando logramos estar conscientes del Yo Superior (alma), nos daremos cuenta de que hay una realidad que trasciende esta ilusión y que deja de dividirse con la verdad, es decir, realidad y verdad son la misma cosa. No hay divisiones ni dualidad como las hay en esta tercera dimensión. Hay muchos caminos para llegar a esa realización y todos los caminos son hacia el interior.

Para encontrarnos de manera más consciente con el Yo Superior necesitamos embarcarnos en un viaje de descubrimiento, sanación, transformación y liberación. Evidentemente, nada fácil y, sin embargo, necesario. Para mirarlo de una manera, consideremos que el yo inferior es la tierra y el Yo Superior el cielo. El corazón es el centro en el que las dos energías se encuentran. El Yo Superior va «descendiendo» en el mismo ritmo en el que el yo inferior va «ascendiendo» hacia el punto de encuentro. El camino es directamente proporcional entre el uno y el otro. Es un camino de despertar porque el yo ilusorio se va difuminando conforme la presencia del Yo Superior se vuelve más consciente. Podemos relacionar al yo inferior con los 3 primeros chakras y al Yo Superior con los 3 chakras superiores (del 5to al 7to). El encuentro o fusión de este «Yo» dividido se da en el cuarto chakra, anahata, que es el chakra del corazón.

En el corazón hay un nuevo trabajo que realizar con más precisión todavía que es el discernimiento pues tenemos una relación más cultivada con el corazón de los deseos. El yo inferior lleva al corazón sus deseos, mientras que el Yo Superior lleva la luz y el amor trascendente. Los deseos complacen al ego, pontencian su existencia y su manifestación en esta tercera dimensión. El ego se regocija en el amor romántico mientras que el Yo Superior navega en el amor incondicional que no tiene apegos porque es el amor que no conoce el miedo ya que reconoce que todo es Uno. Estos conceptos los podemos sostener en el raciocinio e, intuitivamente, podemos percibir que son verdad. Sin embargo, el apego a la realidad material nos impide vibrar en esa conciencia. Por ende, es a través de ese despertar interior que logramos comprender integralmente estos principios que tantas filosofías y religiones transmiten. Para el común de los mortales, esta realidad es la única verdad. ¿Es que cómo vamos a pensar que lo que vemos, sentimos, tocamos, olemos y saboreamos es una ilusión? ¡Nos resulta ilógico! Sin embargo, entendemos que es una ilusión cuando experimentamos esas dimensiones de conciencia superiores que nos conectan con la trascendencia. Solo desde ahí comprendemos el juego de existencia en que estamos sumergidos en esta dimensión. Claro que cada dimensión tiene un sentido. Y ésta realidad, que es la que conocemos, sin duda tiene un sentido mucho más profundo y grande de lo que queremos imaginamos. Lo voy a compartir a través de una fábula sobre la llave de la felicidad que dice así:

Al principio de los tiempos, los dioses se reunieron para crear al hombre y a la mujer. Lo hicieron a su imagen y semejanza, pero uno de ellos dijo:

-Un momento, si vamos a crearlos a nuestra imagen y semejanza, van a tener un cuerpo igual al nuestro y una fuerza e inteligencia igual a la nuestra. Debemos pensar en algo que los diferencie de nosotros, de lo contrario estaremos creando nuevos dioses.

Después de mucho pensar, uno de ellos dijo:

– Ya sé, vamos a quitarles la llave de felicidad.

– Pero, ¿dónde vamos a esconderla? – Dijo otro.

– Vamos a esconderla en la cima de la montaña más alta del mundo.

– No creo que sea una buena idea, con su fuerza acabarán por encontrarla.

– Entonces… podemos esconderla en el fondo del océano.

– No, recuerda que les daremos inteligencia, con la cual, tarde o temprano construirán una máquina que pueda descender a las profundidades del océano.

– ¿Por qué no la escondemos en otro planeta que no sea la Tierra?

– Tampoco creo que sea buena idea, porque llegará un día que desarrollarán una tecnología que les permita viajar a otros planetas. Entonces conseguirán la llave de la felicidad y serán iguales a nosotros.

Uno de los dioses, que había permanecido en silencio todo el tiempo y había escuchado con interés las ideas propuestas por los demás dijo:

– Creo saber el lugar perfecto para esconder esta llave, donde nunca la encontrarán.

Todos le miraron asombrados y le preguntaron:

– ¿Dónde?

– La esconderemos dentro de ellos mismos, en su interior. Estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán.

Todos estuvieron de acuerdo, y desde entonces el ser humano se pasa la vida buscando la felicidad sin darse cuenta que la lleva consigo, en su interior. 

Esta fábula describe, claramente, el dilema que vivimos pensando que la felicidad vendrá si se encuentra a la persona correcta, el amor de la vida, si nos realizamos en el trabajo o si tenemos el dinero suficiente para satisfacer nuestros deseos. Hemos puesto todo nuestro esfuerzo para anclar esa felicidad en aspectos inestables de la existencia. Si esos aspectos dejan de estar presentes nos ahogamos en la tristeza. Nuestros sentidos están enfocados en el exterior mientras que la conexión interior no es clara, está descuidada y, como no la reconocemos, caemos fácilmente en el juego del ego que nos hace creer que nos conectamos con nuestro verdadero ser interior y, con frecuencia, no es más que el grito del ego buscando su afirmación o su sanación. Pero, por ahí empieza ese viaje: escuchando su voz, sus necesidades, sus heridas y, en ese proceso, poco a poco aprendemos a distinguir la dinámica interna hasta que empieza a surgir la presencia del Yo Superior. Hay muchas maneras de mirar hacia adentro. Cerrar los ojos y explorar los sentidos es una manera. Aprender a escucharse despertando el observador interior es otra. Aprender a estar con uno mismo a solas también ayuda. Y la herramienta más poderosa es la meditación.

El Budismo Mahayana nos ofrece el Sutra del Corazón de la Perfecta Sabiduría que transmite claramente el principio que conforma a ese Yo Superior y que nos hace comprender la ilusión de la separación, del ego y de esta realidad.  La traducción de José Silvestre Montesinos dice así:

Avalokiteshvara, el Bodhisattva de la Compasión, meditando profundamente  en prajna paramita (perfección de la sabiduría), descubrió que los cinco agregados o aspectos de la existencia humana
estaban vacíos*, liberándose de este modo del sufrimiento. En respuesta al monje Shariputra (discípulo de Buda), dijo lo siguiente: El cuerpo es tan solo vacío, el vacío no es más que el cuerpo. El cuerpo está vacío, y el vacío es el cuerpo. Los otros cuatro aspectos de la existencia humana: Sentidos, pensamientos, voluntad y conciencia, también están vacíos, y el vacío los contiene. Todas las cosas están vacías: Nada nace, nada muere, nada es puro o impuro, nada aumenta o disminuye. Así pues, en el vacío, no existe el cuerpo, ni las sensaciones, ni los pensamientos, ni la voluntad, ni la conciencia. No hay ojos, ni oídos, ni nariz, ni lengua, ni cuerpo, ni mente. No hay sentido de la vista, ni del oído, ni del olfato, ni del gusto, ni del tacto, ni de la imaginación. Nada puede verse o escucharse, olerse o gustarse, tocarse o imaginarse. No existe la ignorancia, ni el fin de la ignorancia. No existen la vejez ni la muerte, ni el fin de la vejez y la muerte. No existe el sufrimiento, ni la causa del sufrimiento, ni el fin del sufrimiento, ni un camino a seguir. No existe el logro de la sabiduría, ni ninguna sabiduría que lograr. Los Bodhisattvas confían en el Entendimiento Perfecto y, libres de todo engaño, no sienten ningún miedo, disfrutando del Nirvana aquí y ahora. Todos los Budas, pasados, presentes y futuros, confían en el Entendimiento Perfecto, y viven en la iluminación total. El Entendimiento Perfecto es el mejor mantra. El más lúcido, el más elevado, el mantra que elimina todo sufrimiento. Ésta es una verdad fuera de toda duda.

Dilo así: Gaté, gaté, paragaté, parasamgaté. ¡Bodhi! ¡Svaha!

Significa… Partir, partir, partir a lo alto, partir a lo más alto. ¡Iluminados! ¡Que así sea!

* Vacío es la traducción habitual para el término Budista Sunyata (o Shunyata). Hace
referencia al hecho de que ninguna cosa, incluida la existencia humana, posee una
sustancia verdadera, lo que implica que nada es permanente y que nada es independiente
por completo del resto de las cosas. En otras palabras, todo lo que existe en el mundo
está interconectado y en un fluir constante. Por tanto, una correcta apreciación de esta
idea nos libera del sufrimiento causado por nuestro ego, nuestro apego y nuestra
resistencia al cambio y a la pérdida.

Sánscrito
Devanāgarī Romanización Pronunciación Traducción
गते गते Gate gate [gəteː gəteː] Partir. Partir
पारगते Pāragate [pɑːɾə gəteː] Partir a lo alto
पारसंगते Pārasaṃgate’ [pɑːɾəsəŋ gəteː] Partir a lo más alto
बोधि स्वाहा Bodhi svāhā [boːdɦɪ sʋɑːhɑː] Despertar. Así sea

Aquí te dejo el mantra interpretado por el grupo de Robert Gass.

El encuetro entre el yo inferior y el Yo Superior sucede, en la mayor parte de casos, de una manera lenta y paulatina, como si se estuviese despertando de un gran sueño. Es una experiencia totalmente sensorial y, por eso, es importante estar conectados internamente y haber realizado todo lo posible por elevar la vibración de la conciencia a través de ese camino interior. Encontrarnos con el Yo Superior es experimentar la esencia del amor incondicional. Todos los sabios, poetas y filósofos se refieren al amor como la razón de nuestra existencia. Sin embargo, la realidad que hemos creado globalmente demuestra que todavía no logramos experimentar ese nivel de amor. Estamos concetrados en el amor romántico o amor eros y, realmente, lo que buscamos es el amor incondicional que está en el respiro del Multiverso. Eso nos llega cultivando la vibración superior del espectro que he mencionado. La compasión, el altruismo, el amor sin apego son apenas algunas formas de expresión de esa posibilidad de existencia que yace en nuestro interior, esperando que despertemos.

Gracias por leer, comentar y compartir.

© Derechos de Autor 2019 Goy Paz.

 

5 comentarios
  1. Estyo es lo más asombroso que he leído , gracias gracais gracias desde lo más profundo de mi ser….

  2. Estupendo…!!!

  3. muy buen articulo!!!

  4. Hermoso GOY!!! Bodhi svāhā……

    • Gracias por la reflexión. Muchas veces se quiere buscar la perfección del yo inferior, cuando ya somos perfectos. Despertar de a poco.

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