El otro día me senté a diseñar un formulario para llevar registro de los pacientes. Tenía la idea de lo que quería y el rato de sentarme a dibujarlo mi cerebro entró en shock y me quedé con el lápiz en la mano. La regla y el compás, ante mi sobrecogimiento, yacían sobre la mesa medio borrosos frente a mis ojos. En eso, Rubén, mi compañero de trabajo, entró a la oficina y, viéndome perpleja, tomó todos los implementos y me preguntó: ¿qué quieres hacer? Le dije lo que deseaba y él, con santa paciencia, se sentó y lo dibujó. […]